‘El señor de las moscas’ ya no nos asusta.
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ensayo invitado

Ilustración por The New York Times
Por Junot Díaz
Díaz es profesor de escritura creativa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y autor, más recientemente, de Lola. También escribe el boletín StoryWorlds en Substack.
Cuando yo iba a la escuela, El señor de las moscas, de William Golding, era omnipresente, un rito de iniciación casi ineludible, y aunque la novela todavía sigue en las estanterías —sostenida tanto por el prestigio del Nobel de su autor como por su brevedad— la isla de Golding lleva tiempo perdiendo fuerza.
Después de todo, pocas novelas de la década de 1950 envejecieron bien en una coyuntura en la que la gente está obsesionada con el presente y lee cada vez menos. La visión distópica de la barbarie humana que ofrece esta novela pudo haber parecido intensa en aquellos viejos tiempos de 1954, pero hoy, en una era de tiroteos escolares y tasas disparadas de suicidio adolescente, las desventuras de Piggy y compañía resultan un poco al estilo John Bunyan: demasiado anticuadas, esquemáticas y, peor aún, demasiado tímidas, especialmente si uno creció leyendo La guerra del chocolate o Los juegos del hambre o éxitos japoneses como Battle Royale o Aula a la deriva.
La barbarie, como sabemos demasiado bien, ya no es lo que era.
Y es en estos tiempos carnívoros que llega a Netflix una supuesta adaptación fiel de El señor de las moscas realizada por Jack Thorne, guionista de Adolescence, un regreso que al menos lleva a este cronista a preguntarse: ¿todavía tiene algo para decirnos aquella original cabeza de cerdo clavada en una estaca imaginada por Golding?
La novela de Golding no tiene mucho en lo que apoyarse, ya que su salvajismo se ha reducido a mínimos caracterológicos. Más devastador todavía: El señor de las moscas es víctima de su propio éxito, una máquina creativa colectiva que inspiró muchísimas reinterpretaciones contemporáneas durante los últimos 70 años. Si, como señala el escritor Drew Basile, Robinson Crusoe “fue el hombre responsable de un millón de islas”, Piggy y compañía son responsables de un archipiélago interminable de islas más oscuras y delirantes. El texto inspira no una ansiedad de influencia, sino una voracidad de influencia, y como consecuencia le cuesta interesar a las mismas audiencias contemporáneas que ayudó de manera incalculable a moldear.
No todo el mundo leyó El señor de las moscas, pero gracias a sus millones de descendientes culturales, prácticamente todos se han topado con sus premisas centrales y su mitología salvaje, monumentos genéricos que se alzan de manera titánica sobre la psico-oceanografía del espíritu de la época.
A nivel cultural, la isla de Golding se convirtió, en efecto, en la isla repetitiva por excelencia, el Brigadoon oscuro de nuestra cultura, con fragmentos dispersos en una variedad mareante de medios: novelas gráficas (Plutona), videojuegos (DayZ, Rule of Rose), televisión (The 100, From, Yellowjackets) y, por supuesto, novelas (Stranded, de Sarah Goodwin; Amanecer Rojo, de Pierce Brown). Hay tanto de El señor de las moscas en el gótico de Stephen King que podría escribir una tesis doctoral sobre eso. Están sus homenajes obvios como La larga marcha o la recurrente ciudad ficticia Castle Rock, llamada así por el afloramiento fortificado que habitaba una de las tribus de la novela. Basta entrecerrar un poco los ojos viendo The Stand para detectar una versión de El señor de las moscas. Lo mismo con Bajo el domo. Lo mismo con La niebla. Lo mismo con El resplandor.
La novela de Golding puede parecer algo anticuada, pero su delirante isla encantada por las bestias, en forma de refracción destrozada, seguro que no. Y muchas de estas nuevas Hispaniolas de la depravación han seguido el ritmo de nuestra creciente incivilidad, de nuestro tribalismo cada vez más profundo, de nuestros desvaríos en las redes sociales.
Entonces, ¿podía un talento tan enorme como Thorne hacer que la isla de Golding volviera a inquietar y perturbar en una sociedad que no solo está obsesionada con la brutalidad, sino que casi es la brutalidad? ¿En una sociedad que tiene tanta paciencia con los objetos históricos como la que tiene el bravucón de la serie, Jack, con los adornos de la civilización? Como dice él: “Una isla de aventuras, ¿y qué hacemos en ella? Nada más que cosas aburridas. Baños. Agua. Construir chozas. Aburrido”.
Alerta de spoiler: a Thorne se le cae la cabeza del cerdo y produce una adaptación fiel que ni siquiera calificaría para sentarse en la banca junto a adaptaciones muy superiores y eminentemente infieles como Yellowjackets, mucho menos para hacerles sombra.
Thorne hace algunos amagues tibios de actualizar la historia. Simon quizá sea queer. Ralph es negro mestizo. Pero ambas formas de diversidad terminan jugando en contra, porque hacen a la vez demasiado poco y demasiado. La serie presenta la posible identidad queer de Simon y la negritud de Ralph como anacrónicamente irrelevantes en una sociedad de niños que parece carecer de prejuicios explícitos: diversidades sin diferencia, en otras palabras. Pero luego vuelve esa otredad significativa de maneras solapadas.
El Simon que quizá sea queer termina asesinado por la turba, quizá víctima del tropo de “enterrar a tus gays”. Del mismo modo, Ralph sufre una enorme reducción de agencia —una especie de acción afirmativa inversa— en comparación con el Ralph del libro. En la novela, el Ralph blanco ayuda a organizar a los niños desde el principio. En la serie, Piggy lo hace todo. En la novela, Ralph califica de asesinato la muerte de Simon, juicio que Piggy de la novela rechaza de plano. En la serie, el Piggy blanco es el que tiene la claridad moral para calificar de asesinato una matanza tal vez homófoba, mientras que el Ralph mestizo vacila. Una extraña mejora para Piggy si se recuerda que, en las ediciones originales de la novela, es el único personaje que usa la palabra con N.
Uno pensaría que la serie de Netflix al menos haría justicia a la violencia de la novela. Pero uno se equivocaría.
Así es la muerte de Piggy en el original:
La roca golpeó a Piggy de refilón, desde la barbilla hasta la rodilla; la caracola explotó en mil fragmentos blancos y dejó de existir. Piggy, sin decir nada, sin tiempo siquiera para un gruñido… cayó unos 12 metros y aterrizó de espaldas sobre la roca cuadrada y roja del mar. Su cabeza se abrió y salió materia que se volvió roja. Los brazos y las piernas de Piggy se sacudieron un poco, como los de un cerdo después de que lo hayan matado.
En la serie, uno de los niños salvajes golpea a Piggy en la cabeza con una roca, pero luego le permiten irse rengueando para que se entregue a una larga salida didáctica, sin rastro alguno de masa encefálica.
Por desgracia, no hay últimas palabras para Simon. Los que quizá sean queer, en esta isla actualizada, mueren en silencio.
En un intento de volver digeribles las intolerancias de la década de 1950, Thorne las reemplazó por versiones encubiertas de nuestras propias intolerancias y, como consecuencia, termina confirmando la famosa observación de Simon. No hay ninguna bestia en la isla; solo estamos nosotros.
Mientras veía por tercera vez esta serie tímida y sobrecargada, seguía intentando imaginar qué pensaría de ella un “chico promedio”. El tipo de chico que Thorne retrató con tanta agudeza en Adolescencia.
¿Repetiría las palabras de Jack —que en esta versión aparece claramente codificado como MAGA, con tics de la manosfera— y denunciaría las cuatro horas completas como aburridas? ¿Vería en ese caos un reflejo tenue de su propia vida precaria? Ambas posibilidades existen, pero lo más probable es que esto termine convertido en una serie que consuma en formato meme, algo puesto de fondo mientras desliza el dedo por el teléfono e intenta sobrevivir en una sociedad mucho más demoníaca que la que destruyó a Piggy y sus amigos: una sociedad que le niega educación, vivienda, empleo y atención médica mientras vuelve adictas su mente y su corazón al aislamiento, la desinformación, las apuestas y la pornografía; y donde toda clase de personas aparentemente razonables usan las redes sociales para defender la supremacía de su género o la destrucción absoluta del otro.
No solo la barbarie ya no es lo que era; la civilización tampoco es lo que era.
Me pregunto qué habría pasado si la serie, en vez de despojar a los personajes de su densidad histórica, hubiera seguido el célebre mandato de Fredric Jameson: ¡historiza siempre! ¿Y si Thorne hubiera llenado los silencios de la novela con detalles reveladores sobre cómo era la vida de un grupo heterogéneo de chicos lidiando con la guerra, la adolescencia y las degradaciones constantes de la sociedad en los últimos días del Imperio? Una realidad nada ajena para muchos de nosotros. ¿Quieres sumar un personaje mestizo y un protagonista queer — personajes que perfectamente podrían haber estado en aquel avión de evacuación? ¡Excelente! Solo tienes que situarlos dentro de una representación fiel de cómo era la vida para esas personas en el Reino Unido de la década de 1950.
Concéntrate en la homosocialidad hipócrita de la época, en la pequeña y vibrante presencia negra de los primeros años de la generación Windrush, pero no arrojes personajes así al presente despojándolos de las formas de vida históricas que les darían sentido.
Porque, en última instancia, cuando le niegas al presente el sufrimiento específico, las banalidades cotidianas y la resiliencia sutil del pasado, le robas al pasado su genialidad y su humanidad, y le robas al presente la posibilidad de encontrarse a sí mismo en esa extraña genialidad y de inspirarse en esa humanidad migrante. Una adaptación tan fiel podría haberse convertido en una oportunidad para los jóvenes y para el resto de nosotros de, como escribió Jameson, “pensar históricamente el presente en una época que olvidó cómo pensar históricamente”, romper el candado de nuestro presente y sus tiranos y entrar en diálogo con nuestros antepasados en toda su defectuosa dimensión humana.
Lo que la adaptación de Thorne quiere que olvidemos, y lo que una novela como El señor de las moscas todavía podría recordarnos en manos de un buen docente o creativo principal de una serie, no es solo la similitud entre nuestras islas salvajes, sino una lección todavía más urgente: alguna vez fuimos distintos, realmente distintos, y al enfrentarnos nuevamente a esas diferencias quizá podríamos volver a ser distintos de verdad.
Junot Díaz es profesor de escritura creativa en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y autor, más recientemente, de Lola. Escribe el boletín StoryWorlds en Substack.
Fotografía original por J Redza/Eleven/Sony Pictures Television y Nextrecord Archives vía Getty Images
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https://www.nytimes.com/es/2026/05/19/espanol/opinion/senor-moscas-netflix.html
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