El poderoso Stanlin: “Madre, ¿recuerdas al zar?” ... “Sí, hijo.”

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Una de las paradojas más inquietantes del poder es esta: incluso quienes causaron un sufrimiento incalculable fueron, al mismo tiempo, hijos.
 
A menudo olvidamos que los dictadores también tuvieron una vida íntima, marcada por afectos, pérdidas y vínculos familiares. Esa dualidad no los redime, pero sí revela algo perturbador sobre la naturaleza humana: alguien capaz de ordenar la muerte de millones podía, en privado, mostrar ternura.
Adolf Hitler y Iósif Stalin compartían un rasgo poco conocido: ambos estuvieron profundamente ligados a sus madres. Hitler perdió a la suya cuando aún era joven, una ausencia que algunos historiadores consideran decisiva en su carácter. Stalin, en cambio, tuvo a su madre viva hasta edad avanzada.
 
La madre de Stalin, Ekaterina Geladze, era una mujer humilde, analfabeta, profundamente religiosa. Cuando su hijo alcanzó el poder absoluto, la trasladó a un antiguo palacio imperial ruso. Pero la grandeza del lugar no la sedujo. Recorrió las estancias, evitó los dormitorios lujosos y terminó instalándose en una pequeña habitación que había pertenecido al servicio doméstico. Era el único espacio en el que se sentía cómoda.
 
Ella nunca comprendió del todo quién era su hijo para el mundo. Le preguntaba a menudo qué hacía, qué era exactamente. En una de esas conversaciones, Stalin intentó explicarlo de la forma más sencilla posible:
 
“Madre, ¿recuerdas al zar?” “Sí, hijo.” “Pues digamos que ahora yo soy el zar.”
 
Stalin podía mostrarse atento y protector con ella, mientras fuera de esas paredes era implacable, distante, brutal. Para millones, fue el rostro del terror. Para su madre, seguía siendo solo su hijo.
Esta contradicción no busca humanizar el horror ni suavizar la historia. Al contrario. Nos recuerda algo más inquietante aún: que el mal no siempre se presenta como una caricatura monstruosa. A veces convive con gestos cotidianos, con afectos sinceros, con una normalidad que resulta difícil de aceptar.
Entenderlo no es justificarlo. Es reconocer que la capacidad de causar daño extremo puede coexistir con rasgos que asociamos erróneamente solo con la bondad.
 
Y esa es, quizá, una de las lecciones más incómodas de la historia.
 

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